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lunes, 11 de enero de 2021

De panteones interesados, poetas tramposos y una cosa que se llama “henoteísmo”

 Vamos a empezar esta alocada década de los años veinte con uno de esos artículos que levantan ampollas entre quienes no gustan de complicarse la vida. En realidad, hoy había planeado escribir un artículo sobre los cambios religiosos que tuvieron lugar entre las tribus Germánicas durante la Era de las Migraciones y la Era Vikinga, para mostrar la evolución de la Antigua Fe a lo largo de dichos periodos, pero mientras me documentaba sucedió, como a veces ocurre que, entre la madeja de datos, hallé algunos hilos muy llamativos de los que podía tirar, y que discurrían de forma paralela a mi propuesta original, y pensé: bueno, puedo hablar sobre ello, pero buscando el enfoque actual, y, de repente, algo se iluminó en mi mente, y decidí rehacer el artículo, para escribir sobre un fenómeno que se da en nuestros días y que, por desgracia, es más que común. Enseguida sabréis a lo que me refiero.

Mucha gente con inquietudes espirituales se acerca al Odinismo con curiosidad e interés; pero, cuando empiezan a buscar material de estudio, una miríada de voces les sugieren estudiar las Eddas de Snorri Sturlusson. Y es entonces cuando, sin tener claro el contexto histórico del autor, ni la intencionalidad del texto (que la tiene), se leen aquello y empiezan a tener la idea de que el corpus de creencias Odinistas se halla en dichas obras: si lo preferís, para decirlo de otro modo y salvando las distancias, comienzan a ver en las Eddas una especie de “biblia Nórdica”. Y es por eso que escribo estas líneas: yo propongo huir de semejante simplificación. Cuando llevas estudiando tu Fe durante muchos años, y compruebas que este comportamiento está más que extendido y aceptado (y, en algunos casos, hasta alentado), puedes plantearte lo siguiente: ¿de verdad hay tantas personas que reducen nuestra Fe a esto, a creer que todas las tribus Germánico-Escandinavas creían en un Panteón conformado por dos familias (Æsir y Vanir), viviendo juntas en Asgarđ bajo el mandato de Odín? ¿O pensar que todos los guerreros van al Valhalla cuando mueren?

Pues hoy tengo intención de invalidar esa idea. Y paso a explicar por qué.



Retrato de Snorri Sturlusson (Fuente: Wikipedia)

Hoy día hay ciertos autores (1) que ven el proceso de evolución religiosa desde un prisma diferente. Es cierto que las tribus Germánicas compartían conceptos espirituales y tenían un vocabulario cultural común, pero la Antigua Senda no se puede comparar, por ejemplo, al Islam o al Budismo, ya que cada tribu era ferozmente independiente y no se pretendía homogeneizar dichas tribus bajo un elemento “aglutinante” como la religión, pues no había un líder religioso supremo ni dogmas que defender; así pues, en lugar de pensar en un único cuerpo de creencias, se debería hablar de algo así como una serie de “sistemas religiosos”, independientes entre sí pero con una raíz común y numerosos elementos idénticos (y, de hecho, desde hace unos años se empieza a hablar de religiones Germánicas). La prueba de esto la tenemos en que las creencias y su práctica religiosa varían en el tiempo y el espacio, amoldándose al entorno y las prácticas sociales, dependiendo de si la gente vivía en la montaña o el prado, en la costa o en el bosque, si eran agricultores, guerreros o cazadores, y del contacto que tuvieran con otros Pueblos vecinos.

De este modo, al igual que sucede con las leyendas populares, los mitos Germánicos también varían en su forma, que no en su fondo. Pondré algunos ejemplos:

·         la pertenencia de Skiđbláđnir a Odín o a Freyr;

·         la pertenencia del traje de pájaro a Freya o a Frigg;

·         la diosa más cercana a Odín, ya sea Frigg, Sága, Freya, Skáđi, etc.

Otro elemento que influye en esta mutabilidad de los mitos (y esto le va a escocer a algun@s) es la fluidez del intercambio cultural entre varias tribus Germánicas y sus vecinos, como los Celtas, los Sami, las tribus bálticas, Roma, Bizancio o el Imperio Carolingio. Así pues, en lo que respecta a la religión, no es fácil hablar de fronteras. Y este difuminado en el aspecto social también se aplica a los períodos históricos. Voy a tratar de explicarme: por ejemplo, aunque los petroglifos de la Era del Bronce en Escandinavia cesan abruptamente en la Era del Hierro Celta (500-350 A.E.C.), las imágenes del Sol y del barco como motivos religiosos sobreviven más de un milenio después.

Aparte de lo que hemos señalado hasta ahora, conviene incidir en un hecho que influye en el devenir del sentimiento religioso de nuestros ancestros. Y es que, en torno al año 500 A.E.C. (la fecha es meramente orientativa) se produjo un gran cambio en las creencias religiosas de los habitantes del Sur de Escandinavia. Esta evidencia comienza a ser ampliamente aceptada en los círculos académicos. Sea lo que sea lo que provocó dicho cambio, llevó a una reducción en las ofrendas de armas, joyas y alimentos que se realizaban en lagos, pantanos o a las afueras de asentamientos, y a un crecimiento en la “centralización” del culto, principalmente en torno a edificaciones controladas por una nueva generación de gobernantes/sacerdotes: las ofrendas, ahora, se solían depositar en torno a los salones destinados al culto. Curiosamente, este cambio coincide con un aumento de los conceptos patriarcales en la sociedad Germánica, y por tanto, un énfasis en la importancia de los Dioses varones asociados a la guerra, y una progresiva reducción en la importancia de las deidades protectoras femeninas asociadas a la fertilidad y a los espacios naturales con gran presencia acuática, como los mencionados lagos o pantanos. Dicho cambio de paradigma coincide con el desarrollo de una nueva élite militar aristocrática en el Sur de Escandinavia, con crecientes ambiciones nacionalistas que sobrepasaban el concepto de familia, clan o tribu, y unos nuevos gobernantes que pretendían perpetuar su poder incluso cuando no estuviesen físicamente presentes.



Cimientos de un templo dedicado a Thor y Odín en Noruega, datado en torno al siglo V (fuente: Archaeology News Network)


Esto debe llevarnos a sacar algunas lecciones de imperios como el Bizantino, o de religiones con vocación universalista como el cristianismo, que resuelven este asunto deificando a sus gobernantes. Y, claro, a poco que tengamos todo lo expuesto hasta ahora en cuenta, hay buenas razones para cuestionar la visión cosmológica presentada por Snorri.

El académico Terry Gunnell (2) planteó argumentos de que no hay evidencias suficientes para pensar que la mayoría de la población de la Escandinavia precristiana viesen a Odín como el dios más importante, porque el material arqueológico y toponímico apunta más bien a Þórr o a Freyr, dependiendo del lugar. Y, precisamente por eso, pienso que la visión del panteón que Snorri recoge habría sido conservada y transmitida por los escaldos, que eran el vehículo de la información de su época y que, no lo olvidemos, estaban al servicio de los gobernantes. En otras palabras, lo que yo entiendo es lo siguiente: los gobernantes pagan a los escaldos para extender y fomentar una determinada visión del panteón que fuese favorable a sus intereses terrenales, y que, a imagen y semejanza de los imperios vecinos, pretendía unificar las creencias de todo el territorio, presentando una visión de unos Dioses que conviven en un Asgarð “olimpizado”, bajo el mandato del cacique supremo, Odín.

Ahora bien, ¿querría esto decir que la población sólo adoraba a determinadas deidades en función de su lugar de residencia, estatus u oficio? Del mismo modo que sería ingenuo no creer que la gente no conocía a la mayoría de Dioses y Diosas, también lo sería el pensar que todas las deidades vivían juntas en una gran familia, como los mitos grecolatinos. Hay autores, como Philip Shaw (3), que sugieren que hay motivos para ver a ciertos Dioses asociados a una tribu, un área o un clan concretos, así como a una clase social determinada, y dichas deidades eran adoradas con múltiples propósitos. Si esto fuera así, los dioses predominantes para un pescador Sueco serían diferentes que los de un cazador Noruego, aunque ambos probablemente conocerían a los mismos Dioses y Diosas.

Pensemos ahora en la idea de “familia” de los Æsir que nos transmite Snorri. En realidad, en sus textos apenas se nos muestra como un clan unido, salvo en el Grímnismál, el Völuspá, el Lokasenna y el Þrymskvída: en el resto de textos, los Dioses aparecen llevando sus propias vidas privadas y gestionando sus propios intereses. Es más: podemos afirmar que los Dioses raramente trabajan juntos, salvo contadas excepciones en las que se reúnen dos o tres con algún objetivo común. Y es que, si nos ponemos a revisar los textos desde ese prisma, hasta el mismo Ragnarök parece algo desestructurado (y casi diría que forzado), Donde algunos Dioses mueren, otros se retiran y algunas deidades, como Freya, ni siquiera aparecen.

Llegados, pues, a este punto, casi que nos podríamos preguntar si todos nuestros mitos provienen del mismo entorno cultural, o por qué hallamos diferentes mitos en entornos distintos, donde los guerreros siguen el mito Odínico de grupos jerárquicos que se reúnen, festejan y combaten, mientras que la mayoría del pueblo, que vive en entornos rurales, cultivan los mitos centrados en, por ejemplo, Freyr y Þórr.

Pero es que aún podríamos rizar el rizo. Supongamos que aceptamos esta premisa, y demos por válido que, en lugares como Islandia o el Oeste de Noruega, existían unos mitos centrados en Þórr como señor supremo del resto de Dioses: estos mitos deberían explicar el origen del mundo y la Humanidad en términos referidos a Þórr. Pero entonces ¿qué pasó con esos mitos? Vamos a pensar en Þórr por un momento: mata gigantes con su martillo, cierto, pero a la vez dicho martillo consagra, ya sean runas, un sacrificio o un lugar determinado; también se le asocia a árboles, playas y cursos de agua (esto lo sabemos gracias a la toponimia); y también vemos que, en las historias de Þórr hay una patente ausencia de otros Dioses, lo que nos habla de su nula dependencia de otras fuerzas, y podemos entender que sus habilidades y funciones son muchas y muy variadas, dominando el aire o el rayo del mismo modo que el ganado, y siendo invocado tanto para proteger a viajeros como para consagrar un matrimonio. Es un gran protector, y los Islandeses paganos usaron su figura para oponerse a los misioneros cristianos (y por eso hoy muchísimos Odinistas llevan al cuello precisamente un Mjölnir, y no otro símbolo).

He puesto como ejemplo a Þórr por ser el más obvio, pero podría hacer lo mismo, por ejemplo, con Freyr: señor de las cosechas, del matrimonio, de la paz, señor supremo de los Elfos, supuesto ancestro del linaje de los Ynglingos y de la tribu de los Ingvaeones. ¿Sucedería lo mismo con otros Dioses, como Týr, Njörð o Ullr?

Debemos reconocer algo: nuestra visión actual de los Dioses está bastante predeterminada por los escritos de autores como Snorri Sturlusson, o Adán de Bremen, y por los estudios de académicos como Dumézil. Pero la verdad es que no existía una rigidez en las clases sociales de la Escandinavia precristiana, como en ocasiones parece que estos autores se empeñan en presuponer, ni en las profesiones ni en el rol social de cada individuo (por ejemplo, un granjero podía hacer las veces de jefe tribal, sacerdote o juez, en función del momento y las necesidades de su comunidad). Y ese es el motivo de que nuestros Dioses y Diosas sean tan polifacéticos. Y esa, la causa de que muchos autores (y yo mismo) ya no se refieran a la antigua religión Germánica como “politeísmo”, sino que se empieza a hablar del término “henoteísmo”, un curioso palabro que define a una creencia religiosa con multitud de Dioses, en la que el fiel decide a cuántos de dichos dioses adora.

Exactamente lo que ocurría en la sociedad Germánica precristiana.

Y exactamente como lo hacemos hoy en día, pensadlo: en nuestras familias y clanes, cada núcleo religioso suele adorar a los Dioses y Diosas que más tengan que ver con su lugar de residencia, o con las profesiones de sus integrantes, y el/la sacerdote/sacerdotisa de la comunidad, aunque conozca casi todo el panteón, tenderá a enfocar sus ceremonias a unos Dioses concretos.

Nada nuevo bajo el Sol. Pero, en ocasiones, obviamos lo que tenemos delante precisamente porque se trata de una actitud cotidiana, y me llamó mucho la atención que, sin pretenderlo, siguiésemos emulando a nuestros ancestros en este aspecto, lo que me hace pensar que el Odinismo, como religión que pretende reconstruir la Antigua Fe Germánica, sigue avanzando de forma positiva. Vamos, que algo estamos haciendo bien... aunque sea de forma inconsciente.

En fin, me pareció algo interesante que contaros, ya me diréis si os ha resultado entretenida su lectura (4).

¡Nos vemos en el siguiente artículo!





(1): Thomas A. DuBois, Nordic Religions in the Viking Age, 1.999

(2): Terry Gunnell, How High Was the High One? The Roles of Oðinn and Þórr in Pre-Christian Icelandic Society , 2.018

(3): Philip Shaw, Pagan Goddesses in the Germanic World: Eostre, Hreda and the Cult of Matrons, 2.011

(4): Si deseáis ampliar información, os recomiendo la lectura del artículo que dio pie a este texto: Terry Gunnell, Pantheon? What Pantheon? Concepts of a Family of Gods in Pre-Christian Scandinavian Religions, 2.015

viernes, 29 de diciembre de 2017

¿Decir “feliz Yule” es decir “feliz Solsticio”? (PARTE I)

Heðinn partió desde su casa solo y a través de los bosques en el anochecer de Yule, y encontró una troll; cabalgaba sobre un huargo y sus riendas eran sierpes, y se ofreció a guiar a Heðinn. “No”, dijo él. Ella replicó: “pagarás por esto en la Copa de Bragar”.
Al anochecer sucedió la toma de juramentos. Trajeron al sonargöltr (verraco de sacrificio), y la gente ponía sus manos sobre él, y pronunciaban sus juramentos en la Copa de Bragar...”
 (Fragmento del “Helgakviða Hjörvarðssonar”)

Nos hallamos inmersos en las celebraciones de Yule, la festividad estacional más importante para el Odinismo a nivel mundial. Y repasando mis antiguas publicaciones, me he percatado de que no he escrito aún nada al respecto de tan entrañables fechas. Sin embargo, ya sabéis que no me gusta redactar lo obvio: así pues, no hallaba inspiración para escribir si lo único que iba a contar es cómo se celebra esta festividad, o alguna curiosidad al respecto. No, quería elaborar un artículo que enriqueciese a quien lo leyese, y, como siempre os digo, que diese material sobre el que reflexionar. La chispa de la inspiración prendió en mi mente la semana pasada, ojeando las redes sociales: observé que, al llevar Yule, mucha gente gusta de compartir mensajes del tipo “el cristianismo llama Navidad a lo que realmente es Solsticio de Invierno”, o simplemente felicitaciones que vienen a decir “Feliz Solsticio”. Por ello, me gustaría plantearos hoy la cuestión con la que he titulado el presente artículo: ¿festejar Yule es realmente celebrar el Solsticio? Puede que mi punto de vista al respecto y las argumentaciones que voy a plantear a continuación sorprendan a muchos.

¡Espero que Jólnir os colme de bendiciones y regalos este Yule!
Ilustración cortesía de Kráka Gúnnarsdóttir (Intagram: #fiskrart)

Antes de profundizar, es conveniente aclarar, para quien no lo sepa, que me considero uno de los llamados “reconstruccionistas de la Antigua Fe”: pretendo vivir mi fe Odinista inspirándome básicamente en las prácticas de nuestros ancestros del modo más fiel posible. Naturalmente no estoy a favor de aprovechar estas fechas para sacrificar esclavos a Odín..., es decir, que comparto la idea de que vivimos en una sociedad del siglo XXI y nuestra Fe no puede (ni debe) ser practicada del modo en que se hacía hace quince siglos, pero trato de recrear de un modo fidedigno aquellas tradiciones y ceremonias que pueden encajar sin problemas en nuestro modo de vida.
Dicho lo cual, me sorprende la fijación que muchos Odinistas muestran con el asunto de convertir Yule en sinónimo de Solsticio de Invierno. ¿Por qué? Vamos a ir paso a paso para no perdernos: debido a la enorme cantidad de información, este artículo va a ser publicado en tres partes, así que espero que os resulte más didáctico que tedioso,…

CUESTIÓN 1ª.- ¿ES YULE UNA FESTIVIDAD SOLAR?
Inevitablemente, debido a mi labor como Góði, me interesa mucho el calendario de celebraciones, para poder celebrar cada festividad cuando toca, pero no sólo por eso: también para tener conciencia de lo que estoy celebrando en cada momento. A veces, da la sensación de que nuestras fiestas coinciden con los solsticios y los equinoccios, que marcan el paso de las estaciones, y este hecho puede llevar a creer que nuestros antepasados Germánico-Escandinavos basaban sus fiestas religiosas en los ciclos del Sol, pero ¿es esto cierto? De hecho, en la mayor parte de direcciones web en las que busquéis información al respecto de Yule leeréis algo que os dará la impresión de que esta fiesta es una especie de adoración solar. Si a eso le añadimos la idea preconcebida de que en Escandinavia tienen pocos períodos de sol en invierno, y que esta fecha era el momento propicio para invocar su poder y así devolver la fertilidad a la tierra, estaremos simplificando en exceso algo que, como ya habréis intuido, es más complejo. Y, claro está, siempre está presente esa idea de que “apenas quedan registros de aquella época”... Pues debo decir que, hasta donde yo he indagado, creo que Yule es la festividad de la que nos ha llegado más información. Así que ¿por qué no investigar un poco? Veremos si la idea de “festividad solar” se sustenta, o se trata de otro mero error conceptual. Tomaremos datos no sólo de fuentes históricas, sino también de trabajos contemporáneos: mención especial a la gran obra que sobre la materia escribió el arqueólogo sueco Andreas Nordberg en su publicación titulada (aproximadamente, perdón por mi sueco) “Festividades y calendario prehistóricos”.
Vamos, en primer lugar, a tomar como cierta la idea de Yule como festividad solar. Si esto es así, ¿a qué deidad deberíamos honrar en Yule, principalmente? Aquí hallamos el primer foco de debate: la mayoría de Odinistas de la corriente Ásatrú mantienen que es Balder el Brillante por ser él un dios eminentemente solar, mientras que los que se adscriben a la corriente Vanatrú hablan de Freyr, argumentando como una prueba lo que Snorri nos legó en su Gylfaginning, estrofa 24:

“Freyr es el más excelente de los dioses: rige la lluvia y el brillo del Sol, y también la fertilidad de la tierra, y es bueno invocarle para conseguir paz y buenas cosechas.”

Sea cual sea la postura, a nadie se le debería escapar el hecho de que el propio Sol ya es una entidad con propia personalidad y funciones dentro de nuestro panteón. Quiere esto decir que Balder no es el “dios del sol”, ni tampoco Freyr... aunque, ciertamente, da la sensación de que ni el propio Sol (nuestra amada Súnna) ni la Luna (Máni, su contrapartida masculina) son dioses por derecho propio, sino que más bien dan una imagen de ser “ayudantes de los dioses”. Os doy una prueba: en el Völuspá, estrofas de la 4 a la 6, podemos leer lo siguiente:

“Pero los hijos de Bur formaron la tierra,
aquellos que crearon el famoso Midgarð;
brilló el sol desde el sur sobre el palacio
y surgió en la tierra la verde hierba.

“Desde el sur alzó el sol, compañero de la luna,
su mano derecha al confín del cielo;
no sabía el sol dónde estaban sus salas,
no sabían las estrellas dónde tenían su lugar,
no sabía la luna cuál era su poder.

“Se reunieron los dioses, todos, en asamblea,
y tomaron consejo los sagrados dioses;
la luna llena y la nueva ellos designaron,
nombraron la mañana, también el mediodía,
la tarde y la noche, para contar los años.”

No es una traducción correcta, puesto que para nuestro Pueblo la luna es un ser masculino y el sol uno femenino, pero lo importante es lo que el texto dice, y no cómo lo dice. En el fragmento, se puede ver que los cuerpos celestes parecen desconocer su propósito en una fase temprana de la creación de nuestro Universo, y los dioses les dieron un uso: sirvieron para dividir los días. En otras palabras: para contar los años. ¿Veis por dónde voy? Aún os daré otra pista más: la hallamos en el Álvissmál, en la conversación entre Þórr y el enano Alvis:

ÞÓRR:
“Dime, Alvis, pues creo, enano,
que sabes los destinos de todos,
cómo llaman la luna que ven los Hombres
en todos los mundos.”

ALVIS:
“Luna, dicen los Hombres; los Dioses, rojiza;
en Hel, rueda girante;
rápida, los Trolls; brillo, los Enanos;
los Elfos, la que cuenta el tiempo.”


¿Os habéis percatado del nombre que le dan los Elfos? “La que cuenta el tiempo” (en nórdico antiguo: Ártali). Así pues, parece ser que la luna era importante para medir el tiempo, aunque sin duda, el paso de las estaciones, las épocas de cosecha y los ciclos de la ganadería vendrían dados por el sol. Con esta idea en mente, nuestros ancestros parecían considerar, usando conceptos modernos, que el sol y la luna no eran objetos de adoración (como los dioses), sino más bien “características cósmicas”, instrumentos al servicio de los designios divinos. 


(CONTINUARÁ)

jueves, 3 de diciembre de 2015

GULLVEIG: LA DAMA OSCURA Y BRILLANTE

Bueno, pues al fin retomo la escritura, tras varios meses de ausencia e inactividad en este blog. Debido a diversos acontecimientos, he pasado por un período de introspección, tras haberme separado del que fue mi clan durante quince hermosos años. Como suele pasar, estos hechos obligan al individuo a pensar, a recapacitar sobre las acciones propias y ajenas, los fallos y aciertos en nuestro camino vital. Y como suele acontecer, tras el final de un ciclo se atisba el nacimiento de otro, en mi caso uno brillante y prometedor, pues he aprendido de mis errores y éstos me han fortalecido. Por ello, más que en las causas, deseo centrarme en las consecuencias que tal situación ha generado.
Y es que, mientras meditaba sobre este incidente, buscando como siempre la guía de los dioses, hallé en mis recientes devenires (salvando las distancias, lógicamente) ciertos paralelismos con la figura de una diosa bastante desconocida por el gran público, una figura preñada de oscurantismo y dobles sentidos, y me gustaría enseñar algo sobre ella a aquellos que no la conozcáis, así como comentar algunas de mis pesquisas al respecto. Pues puede que, en ciertas ocasiones, hayáis rezado a la diosa equivocada... ¿No me creéis?
Os presento a la dama Gullveig.
¿Pero quién es esta Gullveig? ¿Cuál es su papel en nuestra cosmogonía, por qué la recordamos? En el Völuspá se la menciona, aunque la referencia no parece ni muy clara ni muy positiva:

Recuerda al gran combate,el primero del mundo,
cuando a Gullveig traspasaron con lanzas,
y en la mansión de Hár la quemaron;
tres veces la quemaron, tres veces renació,
de nuevo, sin cesar, y aún sigue viviendo.

Heid la llamaban allí donde iba,
la sabia adivina, hacía conjuros,
hacía magia siempre, hacía magia en trance,
era siempre el deleite de las mujeres viles.

Después profundizaremos más en estas palabras (y, por qué no decirlo, la deficiente traducción al castellano que he escogido). En un primer momento, parece que fue Gullveig la que provocó “el gran combate, el primero del mundo”; también está claro que intentaron matarla, atravesándola con lanzas, y quemándola posteriormente, y ella sobrevivió; asimismo, queda claro que es una diosa fuertemente ligada a la magia.

La ejecución de Gullveig, de Lorenz Frolich

Así pues, tenemos a una diosa de la magia, al igual que Freya, que probablemente fuese una Vanir o una giganta, y que provocó el gran conflicto entre Æsir y Vanir. ¿Cuál fue el motivo? Por lo que he investigado, tiene que ver con la utilización que Gullveig hace de sus artes mágicas: al contrario que Freya, quien comparte sus conocimientos con los dioses y los pone al servicio de los Æsir, Gullveig es codiciosa y trabaja a cambio de oro. La prueba de ello la tenemos en su propio nombre: en la primera estrofa del Völuspá en la que se la menciona, se la llama por el nombre de Gullveig, cuya raíz, Gull-, significa “oro”, por lo que su nombre se traduce de muchas formas diferentes, todas ellas relacionadas con este metal: “Rama de oro”, “Bebedora de oro”, y otras muchas interpretaciones; pero hay más, y es que tras los tres intentos de ejecución a los que sobrevive, los dioses comienzan a llamarla Heid, que en nórdico antiguo se escribe Heiðr, y que se traduciría como “brillante”, “reluciente”, o utilizado en sustantivo, “honor”, una palabra relacionada por nuestros ancestros con el prestigio, y también con la riqueza. Como veis, el nombre de esta diosa es revelador, así como la historia que la acompaña, de la que destacaré dos puntos, a mi entender muy importantes.
En primer lugar, por la dicotomía entre su primer y su segundo nombres, observamos cómo los pueblos germánicos juzgaban la riqueza: por una parte la avaricia es mala, porque el acaparador consiente que le sobren los recursos aun cuando el resto de su clan tiene menos, lo que puede significar sufrir carencias por los miembros más desafortunados; por otro lado, la prosperidad económica es un poderoso símbolo de estatus social, algo necesario y deseable, pues cuando la reputación de un miembro de la comunidad crece, lo hace también el prestigio de la misma en su conjunto.
Por otro lado, tenemos el hecho de que, tras demostrarse sobradamente su capacidades mágicas, tan potentes que hasta le otorgan ciertos matices de una “inmortalidad” sui generis, los dioses la destierran fuera de Asgard, tal vez en las cercanías de Niflheim (aunque no en su interior, pues no está muerta), cerca de la arboleda de Mímir. Esto también es un reflejo de la actitud de nuestros antepasados con respecto a los usuarios de magia: a pesar de que eran respetados, y de que sus poderes eran solicitados de manera natural, no es menos cierto que, en la mayoría de ocasiones, estas personas vivían lejos de los núcleos de población, por lo general en páramos o en mitad del bosque. ¿Temor ante su poder? ¿Desprecio ante su supuesta avaricia? ¿O simplemente tradición?

La völva, en un sello de las Islas Feroe

Llegados a este punto, os voy a comentar por dónde iban mis pensamientos: no podía parar de darle vueltas a esa extraña frase al final de la estrofa 22 del Völuspá: “era siempre el deleite de las mujeres viles”. ¿Trataba Snorri Sturlusson de hacer un guiño a la Iglesia, acabando la descripción de una hechicera con una frase despectiva? ¿O acaso era una mala traducción? Busqué varias fuentes, diferentes traducciones, y todas acababan de un modo similar. Así que opté por ir directamente a la fuente, el texto original en Dönsk Túnga. La estrofa 22 dice así:

Héiði hana hétu hvars til húsa kom,
völu velspáa, vitti hon ganda;
seið hon, hvars hon kunni, seið hon hug leikinn,
æ var hon angan illrar brúðar.

Para hablar de la última frase no necesitaba copiar toda la estrofa, lo sé, pero al leerla, descubrí más cosas, que explicaré seguidamente, pero antes, la pregunta: ¿illrar brúðar significa literalmente “mujeres viles”? Pues no. Ni por asomo, según mi opinión. Brúðar se traduciría, según mis escasos conocimientos, como “novias”; illrar, por contra, sí se podría traducir como “viles”, aunque tal vez sería más correcto tomar la acepción “malignas” o “perjudiciales”. Es decir, que si aplicamos una visión odinista a la traducción, se podría hablar de unas mujeres con una serie de compromisos adquiridos similares al matrimonio (es decir, que han superado un rito de paso), y que tienen capacidad para hacer maldades, es decir, que son poderosas. Así visto, mi traducción puede ser más compleja, pero decir simplemente “mujeres viles” me resultaba hasta ofensivo.
Pero si observamos el texto en su conjunto, vemos que la traducción que he usado es igual de infame en toda su extensión, y el texto original oculta interesante información para el lector odinista. Esa extraña reiteración al final de la estrofa 22:

(…) la sabia adivina, hacía conjuros,
hacía magia siempre, hacía magia en trance,...

Donde dice “la sabia adivina” en realidad dice que es una völva que realiza Spå, es decir, que si tomamos el término völva como una generalización de “adivina”, podemos ver que en realidad Gullveig es una Spåkóna; lo de “hacía conjuros” es también inexacto: yo propondría “hacía Galðr”, me parece más cercano al texto original; por último, se menciona dos veces el uso del Sejðr por parte de esta desconocida diosa. Cómo cambian los matices cuando se acude a la fuente, ¿verdad?
Pues bien, ya que hablamos de interpretaciones, algunos expertos tratan de ver distintas facetas para una misma diosa debido a las similitudes entre Gullveig y Freya: ambas son maestras de Sejðr, Vanir, y tienen debilidad por el oro (no olvidemos que Freya es la dueña del collar Brísingamen, y su gusto por el oro es más que notable). ¿Hablamos de dos diosas diferentes? ¿O tal vez una diosa con dos facetas, una luminosa y hermosa y otra oscura y terrible? Es algo en lo que sigo meditando, y me encantaría saber lo que pensáis vosotr@s.
Pues con estos pocos datos espero haber arrojado algo de luz sobre esta interesante, desconocida y misteriosa diosa. Y si además he logrado enseñaros algo, pues mejor que mejor.

Gullveig, por Andrew Valkauskas

Y antes de acabar, os dejo un último pensamiento: el Völuspá, de donde he sacado el texto principal, se supone que es el relato que una augur realiza a petición de Odín, usando un tono grandilocuente y, en ciertos pasajes, decididamente hostil, sobre el origen y el destino de los Nueve Mundos. Esta profetisa no es una Norna, y tampoco es Freya. Conoce el origen del Universo y su final, como si siempre hubiese estado ahí, es decir, con un cierto matiz de... inmortalidad. ¿Quién podrá ser esta mujer? Hala, a leer y a pensar...

¡Hasta el próximo artículo!